con nombre de mujer
(escucho espectros cantando)
El sol despierta coordinado con nuestra llegada. No cuesta conseguir taxi, a elección en fila. Cuatro cuerpos y nueve bolsos se acomodan al son de un viejo tango y las recomendaciones de un chofer simpático que adora su ciudad. “Increíble, ¿no?, no me aburro nunca”. Nos reconoce embobadas por su vista matutina. Un cielo de tres colores pinta amanecer junto al mar, sobre la subida de Avenida Colón. Quisiera siempre ver el mar.
Impresiona todo lo que se puede lograr antes del mediodía con solo cuatro horas de sueño dislocado encima. Descubrimos calles y rincones en busca de provisiones, al paso nos encantamos. No alcanzan los ojos para todo lo que amerita amor.
Si no miro arriba me pierdo las medianeras pintadas, pero abajo están los halls inmortales. Recepciones de fácil cincuenta años ni transcurridos, sus pinturas en vitro impecables, sillones de cuero, árboles cuidados por consorcio con tradición. Los carteles de los negocios atascados en 2008, en 1995, en 1983. Todos tienen nombre de mujer (“¿te diste cuenta?”). Elvira se fija a cuánto estamos de la casa de Victoria Ocampo. Tengo pendiente el monumento a Alfonsina Storni. Pensar en visitarlas me distrae de un elenco de perros.
“Solo hice cinco mil pasos hoy”
“Son las diez de la mañana”
“Nunca estuve en un viaje así con tanto ritmo”
“Ay perdón chicas me convertí en mi papá”
“Manejás el itinerario”
“Yo también soy mi papá”.
“No, lo que yo siento es una energía con juventud, con ganas de hacer”
“Sí, está bueno movernos”
“Si era por mí llegaba y me dormía”
“Y te perdías el viento y los perritos”
“Yo igual me perdí los perritos”
Azota el viento y recuerdo mi saco, exactamente en qué parte del auto quedó. Confié en el verano, pero si hay algo que todo aquel que conozca la costa sabe advertir, siempre hay que salir con abrigo. El día nublado se dedica a paseo, asombro y practicidad. Un cartel hecho a mano indica feria cruzando el portón semi escondido de lo que parece el gimnasio de una escuela. Mi nuevo suéter negro tiene apenas un huequito en la espalda inferior, y por cuatro mil pesos agradezco al grupo de señoras que organizan la feria con espíritu simpático, dos sets de mates y una caja manejada por la cursiva impecable de Mirtha. Agradezco también a la mujer que lo usó antes, y a su hija que le dió otra oportunidad. Agradezco a mis amigas por estar conmigo. Es tan fácil ser agradecida cuando estás de vacaciones.
Nos detiene la esquina que supo ser un café encantado, te juro era hermoso, que pena que cerró. Habrá sido en cualquier momento en los últimos siete años. Aún su fachada se sostiene. Café momificado, casi me parece escuchar los tintineos de las hadas que podrían acá vivir. Ojalá todo fuera así. Mientras admiramos lo que fue pasa una señora encorvada con su carrito de compras. Reconoce nuestra consternación y explica: “Durante el año esto está muerto”. “¿Sí?” “Ciudad fantasma”
Encuentro lo que vine a buscar. Con pies en el mar y sandalias en mano, con la mirada perdida en olas lejanas y avionetas con publicidad, me abruma el sentimiento de amor, puro amor, ese amor que sobre ningún asfalto encuentro. Las olas abrazan y besan y saludan, y si no fuera por el frío y porque cuelga mi bolso con materiales que no estoy aún resignada a perder, me arrodillaría y lo abrazaría de vuelta. Hablo del mar como un amante, me reconozco, le mando besos y mi humor baja mientras me alejo, como si supiera que le estoy dando la espalda a mi bien. Pero ahí está el departamento, dando la espalda a mi bien, y hay que lavarnos el micro y las calles y el viento de encima.
“Ese porro pegó fuerte”
“Pensá que hay sales en el aire que no acostumbramos inhalar”.
Es mi propia filosofía pseudociencia vuelta verdad por cuatro días. El mar transforma todo lo habitual y tanto el viento como el vino, el porro como la amistad, todo pega fuerte y diferente. Serán las vacaciones, será la distancia. Será ella.
La puerta del cuarto se cierra sola y fuerte. Eva lo cree espectral. Elvira argumenta que los fantasmas no tienen por qué ser malos. Yo creo que es ella. No está en nuestro hogar, nosotras estamos en el suyo. Controla las corrientes, se impone aún a distancia. Es el mar, y no es chiste, porque este es su viento. Se pasea por las cuadras, sube todo por “¿Viamonte, es esta?”, alcanza el piso siete y azota la puerta del cuarto. Para asustarnos, advertirnos, saludarnos.
Amanecemos en camas vagamente armadas. Almohadas sin funda, esquinas desnudas, arena secreta. Las asignaron la proximidad y el cansancio, y las cubren valijas medio abiertas, libros empezados y celulares descargados. Se asoma un sol que invita al día de playa pendiente, y parece más fácil despertar así que siempre.
Nos permitimos la mañana lenta. Practico romper huevos con una mano, con la otra vierto la yerba. Elvira opta por un té con canela y se sienta al final de la mesa a acompañarme, buscando entre sus soundtrack de giallos y música de gimnasio algo que parezca combinar. Eva propone la playlist que usa en sus clases de pilates, y alternamos entre The Doors y Mercedes Sosa. Olivia pasa frente a la cocina directamente hacia el balcón. Calla mucho. En su mundo al que no se puede acceder, me pareció oírla suspirar. No sé si lloró algún secreto, o si es solo el viento y la vista azul que la conmueven. Creo que es feliz acá.
“No existe ese tipo es todo una mentira capitalista para seguir reproduciendo”
“No se si tan así pero”
“¡Todo te lo venden en pack familiar!”
Eva está haciendo una plancha en el piso.
“Solo respetan los chistes si son de otro varón”
“Hacen la peor lectura de tus intenciones”
“‘Ay no te enojes’ no boludo es una opinión”
“A veces fingen que te escuchan pero”
“Les molesta cuando vos tenes razón”
“Terminan repitiendo lo que vos dijiste”
Tomamos otra calle camino a la playa y descubrimos que nos gusta más. Cuento cuatro negocios con nombre de mujer. Ubico el monumento a Alfonsina mucho más lejos de lo que pensaba y reestructuro mis planes en función de la visita. Saludo a un gato en una ventana, dos cuadras después a otro en la puerta de una verdulería. “Sara” la llama el hombre detrás de la caja. “Se llama como mi abuela”. “Será ella”.
Cantan “caaartas españolas” y “choclo fresco choclo”, se oyen chicos jugando al fútbol y niños que se tropiezan sobre las olas. “Fluir sin un fin” emite el parlante de Olivia. Eva y Elvira se acercan con una bolsa de pan lactal y fiambres recién comprados. La economía de verano invita al placer instantáneo, churros y pochoclos y tatuajes temporales. Se aprovecha de los descuidos ofertando lonas, pareos. Hay baldes para castillos y cerveza para los grandes. “Haaaay bombónhelado” y burbujas que nos rodean. El cuento de mi libro es muy bueno, aunque cínico. Y estoy harta del mal. No quiero creer que acá haya mal.
“¡Mirá, mirá!” advierte Olivia y me volteo al cielo. La avioneta parece que se va a caer, apunta en picada, los niños gritan y se asustan. Pega unos giros y vuelve a subir, remontando vuelo junto al cartel de mayonesa. Me vuelvo a acostar. “Sabés cómo la debe tener”.
“Qué buena música nos estamos cruzando”.
No creo haber oído una sola canción que no supere los treinta años. Nadie no turista parece hacerlo tampoco. Redondos en la playa, Prodan en la casa, Madonna en la feria, Michael en el café. Virus nos acompaña en la calle camino a una fecha de cuatro bandas, entrando en calor para hacer de groupies en primera fila.
Escapo del pogo y las patadas para mecerme contra la pared. Las bandas se constituyen lo más moderno que vamos a oír. El bajista de la segunda toma cerveza entre canciones. Una chica de pelo rosa filma exclusivamente al baterista de la tercera. La primera fue mi favorita. De la cuarta escapé, amenazó con psicodelia y el porro me pegó mal. La disfruto más a través de las paredes del baño, donde cuelgan publicidades de los 60 y una rubia halaga mi vestido mientras acomoda sus anillos.
Fumamos en ronda con el tecladista poseído de la última banda. Declara no escuchar nada de ahora. Músico moderno que se desentiende de su tiempo, no es contemporáneo de sí mismo. Su pelo es largo, su flequillo cae como un Beatle, su camisa floreada seguro sacada de una feria como la de las señoras. Pregunto luego a las chicas si quedé mal por no hablar. No tenía nada que decirle. Insisten que no, que es receta de misterio.
El tiempo pasa distinto en tierra nueva, como un regalo. Será el asombro, la ruptura de la monotonía, no mirar pantallas sino para chequear mapas y hora. “Es como cuando era chiquita, que el año se me hacía eterno, y ahora no puedo creer que es marzo”. “Porque es menos tiempo de tu vida, en proporción”. Desde el micro ya no entiendo los minutos. Y el viento se llevó tres días.
El barista resulta no ser de acá tampoco. Olivia lo interroga sobre los méritos de una temporada en la costa. Todas soñamos vagamente con eso. Fácil idealizar un turno laboral cuando se descomprime con vista al mar, con brisa, con eternidad. “Pero de barista puede ser lindo, como moza en los bares de la costa te volvés loca”. “Es todo lo peor de ser moza allá, más arena y pisadas mojadas en el baño”. “¿La gente dejará más o menos propina en vacaciones?”. “Debería estar menos amargada”. “Eso decís porque no estás pagando estadía”.
Al fondo del café hay una biblioteca. Busco poetas trágicas, Olivia admira ediciones delicadas, Eva evalúa agregar o no azúcar al café negro que los empleados regalaron (“¿será de amables o de pajeros?” “sacaron mal la comanda y no lo querían tirar” “¿tenés para propina?”). Elvira ojea un libro de fotos de Marilyn Monroe. “¿Ubican el truco que tenía para la postura? Decía que se imaginaba como una muñeca pendiente de un hilo, así enderezaba la espalda, y movía solo las caderas al caminar”.
Alcanzamos a Alfonsina y su vestido eternamente al viento. Entre sus piedras hay placas con nombres. “Yo quiero que me traigan acá también”. Caminamos mucho e irregular. Las piedras, la playa, la costa, todo es hostil. Todo exige esfuerzo, imponerse, insistir en estar, aún cuando la tierra lo hace difícil. Ya nada es pasivo ni conveniente, pero todo es hermoso. Nos sentamos a observar las olas golpear mientras chocamos cervezas casi tibias. “Salud”. “Por la playa”. “Vacaciones”. “Por ustedes”.
“El hilo de Marilyn” se vuelve advertencia en el camino, cuatro cuerpos inadvertidamente encorvados se enderezan en simultáneo. Basta con que una recuerde y vamos mejor encaminadas. Agradezco a un fantasma más.
Me saco los lentes y tengo que confiar. En el agua solo veo mi mano. Una estrella mal hecha que el patovica improvisó como marca cuando salimos a tomar aire entre sets. La huella de un beso de mi labial cuando quedó muy intenso y no había papel en los alrededores. Bajo el agua no veo si mis dedos se arrugan ni si mis uñas están rotas, masticadas. No hay evidencia de más que lo bello y lo vivido. Qué difícil querer salir.
“No quiero volver”.
“Aprovechá las horas que quedan”.
“¿Mañana trabajás?”
“Yo arranco la otra semana”.
“¿Qué van a hacer?”
“Pienso hacer fiaca por siete días seguidos”.
“Quiero volver a correr”.
“Espero meter cuatro materias”.
“Voy a tener que hablar con él”.
“Voy a dejar de fumar”.
Observamos nuestros pies enterrados, la corriente que corre a su alrededor. Cuesta darnos cuenta que nuestra ronda está girando. Observo rocas nuevas, el sol cansado se asoma tras los rulos de Olivia. El cielo se está atenuando y Elvira busca la luna. “¿Está llena?” “Casi”.
Todos los casi son problema de ciudad. El trabajo soñado con el sueldo que no alcanza, los arreglos de la casa que nunca parecen terminarse, la compañía que simula intimidad y solo deja más vacío. Creo que Elvira dijo algo sobre la luna, el mar y las mujeres en la casa. Yo, respondiendo el mensaje de alguien que no me quiere, me lo perdí. Trato de entenderlo. Lo que falte hablar, resolver, entender, todo es problema de mañana.
El mar nos está moviendo sin saberlo, nos empuja, chupa, patea, atrapa. “Es como los hombres”. “Es como la vida”. Como chiste, cliché o metáfora, todo parece ser verdad. Tomo lo que se me ofrece. Escucho espectros cantando.
Y el alma mía es como el mar, es eso, Ah, la ciudad la pudre y la equivoca; Pequeña vida que dolor provoca, ¡Que pueda libertarme de su peso!
En tres horas de vuelta al micro. A encorvarme, contracturarme, no dormir. Será tiempo de pensar de nuevo en los casi, en posibles todos. Podré seguir fantaseando que todo está acá. Sin rastros más de luz que edificios a distancia y una luna casi llena, alcanzo a contar seis olas y veinte estrellas. Las tres marías.
“Son ustedes”.
“¿Y vos cual sos?”.
“La que las está mirando”.
Nos despedimos del mar con un beso a su viento.
“Me metería”. “Yo también, eh”.
Pero no. Elegimos vivir un poco más.
Luchamos sobre la arena cuesta arriba hacia las luces.


