tesoros en lava
supersticiones y compulsiones / biografías como obra
SUPERSTICIÓN
Dicen que la fe se trata de creer sin evidencia. Si encuentro que la vida (o en este caso, Google) devuelve a mis intentos de explorar esta idea el término “crédula”, trato de tomármelo con humor. Necesito, porque tiendo a sufrir mi obsesión con esa posibilidad. Crédula no puedo ser, necesito estar un paso adelante. Si todo en mi vida hasta ahora demostró llevarme por un mismo camino, ¿qué derecho tengo yo a creer que hay sueños a la vuelta de la esquina? Insisto en la lógica y la razón, y de alguna forma son siempre excusa para seguir sintiéndome mal.
No sé si alguna vez tuve fe, pero siempre fui supersticiosa. De niña me atormentaban pesadillas cuyas tramas y escenas aún recuerdo, y encontré en la rutina religiosa de mi abuela un recurso por probar. Diseñé un ritual compulsivo que me obligaba a rezar dos veces antes de dormir, y esa obsesión devolvió resultados. No adjudiqué a ese ritual un poder cósmico o creencia en ser escuchada (había pedido demasiadas veces a Dios que compruebe su existencia haciendo que mis varitas de juguete funcionen, y magia nunca conocí). Era solo un medio para un fin. En vez de fe en que alguien recibía y respondía a mis plegarias, desarrollaba una comprensión temprana de que aliviar el caos en mi cabeza sería un trabajo perpetuo y agotador.
Reconozco ahora mis patrones de obsesión y compulsión nacidos en la infancia, una primera década que plantó semillas de todo lo que cultivo hasta ahora. En algún momento dejé de rezar, pero el abandono fue progresivo. Me sentía exhausta por las noches pero temía lo que pasaría si paraba. Aceleraba el ritmo de las palabras, aún atenta a no saltar ninguna, agregando algo de apta ansiedad al ritual. Cuando eventualmente dejé de recitarlas, continué asegurándome de hacer igual la señal de la cruz, y de pedirle disculpas a alguien. Tal vez a mí misma. De cualquier modo, se fueron las pesadillas.
Todavía diseño y repito mis deseos como mantra a las 11:11, toco madera cuando temo a mis palabras. Estoy entendiendo, sea por análisis de evidencia o sesgo de confirmación, que no tengo que declarar las cosas antes de que pasen. Apenas alcanzo a anunciar mis planes cuando los diviso desmoronándose a la distancia. Parece cierto que el hombre hace planes y Dios se ríe. Se ríen mis patrones autodestructivos anunciando ruidosamente su regreso, se ríen las ideas de proyectos que envío al grupo de WhatsApp conmigo misma que uso como app de notas, se ríe el contador transfiriéndome un sueldo que parece cada vez más bajo.
A veces me cuesta distinguir entre destino e inconsciente. Sé que definí que iba a teñirme el pelo por primera vez durante una charla de madrugada en el cuarto de mi amiga. Sé que elegí el rojo como opción segura porque no requería decoloración y posible daño a uno de mis únicos orgullos. Sé que me corté el flequillo porque estaba en cuarentena y necesitaba algo que hiciera parecer que la vida avanzaba, y si lo hacía mal no tenía obligación de salir al mundo y exponerme. Sé que me dejé crecer el pelo, permitiendo que supere los hombros por primera vez en siete años, por simple inercia y curiosidad. Y en algún momento, revisando antiguos cuadernos de dibujo (o de tareas que inevitablemente se convertían en dibujos), encontré que todas mis inspiraciones originales tenían pelo largo, rojo y con flequillo. Emulé un ideal sin saberlo ni pensarlo, colección de supuestas casualidades me llevaron a donde quería.
Volví ahora a mi color original. Cuando encuentro fotos de aquella niña supersticiosa, obsesiva y compulsiva, me reconozco enteramente como versión de ella. Lamento no poder prometerle una cura o mayor avance. Sigo tocando madera y rezando a no se quién, sigo mordiéndome las uñas y queriendo llorar en probadores de ropa. Creo que alcancé un ideal estético y encontré vacío del otro lado. Aunque ya no tenga el pelo de Ariel o Starfire, sigo buscando algo de magia en mi voz o en mis manos. Tal vez por eso escribo.
TRAGEDIA
Que opresiva y engañosa esta farsa, sabe asegurarme soledad en plena multitud. Que mis temblores de cuerpo y alma evidencian una falla de fabricación, manifestaciones de algo nativo a lo más profundo. No es estado efímero ni hay luz al final, me sabe definir pena hecha persona. Esbozo sonrisas cuando la situación lo amerita, río por sorpresa y gratitud y embriaguez, practico en el espejo la respuesta correcta y busco excusa para interpretarla.
Existe paz que encerrada en mi cabeza jamás podría concebir, soy experta en profundizar y abrir heridas. Araño mis cicatrices con garras tan filosas que en vano intento de defensa destruyo, con mis dientes y mis uñas, manos inquietas que creen que romper el afuera callará el adentro. Sé que hay paz en algún lado, pero cuando mi mirada se pierde por instinto y mi respiración se acelera, tal alivio parece más un mito que destino viable.
Leo poetas y sus cartas. Biografías de otras como yo, escritas por otras como nosotras. Siento que ocurre como por casualidad, las leo porque las recomiendan y las investigo porque es necesidad. No es a propósito, pero tampoco sé si coincidencia, que tan seguido las escritoras que más reconfortan tengan fama de finales tristes. Las preguntas respecto a si la tragedia biográfica es independiente del éxito o reconocimiento literario son inevitables, también pareciera casi insultantes, pero necesarias. Los detalles son detalles, ¿su reconocimiento es plenamente póstumo, o conocieron el éxito en vida? ¿Es la curiosidad morbosa factor decisivo a la hora de hacerles lugar en el panteón? ¿Está mal que lo sea? ¿Me equivoco yo en identificar el patrón y definir a grandes pensadoras y artistas solo por sus momentos más bajos? ¿O no es acaso la muerte elegida la última y mayor declaración? ¿No es un insulto silenciarla?
En 1930 Virginia Woolf escribió a Ethel Smyth:
“Puedo asegurarte que, como experiencia, la locura es aterradora y nada despreciable. En su lava sigo encontrando la mayoría de las cosas sobre las que escribo. Sale de una totalmente formada, terminada, no en gotitas, como sucede con la cordura”.
La angustia como requisito y combustible para el poeta, experto en abrir y exhibir sus heridas en nombre de honestidad, vulnerabilidad, franqueza e inmortalidad. Parece evidente la relación entre inestabilidad emocional y poesía, que no exige estructura pero frecuentemente la encuentra. Woolf no era poeta, sin embargo, sino novelista y ensayista. Sabía interpretar y concebir escenas, sabía analizar el mundo, y los toques de aflicción en su trabajo son más reflejo de su comprensión de la naturaleza humana que característica definitiva. Pero aún así el discurso que la rodea se nutre de sus diarios y cartas y dolores, y como tantas otras figuras literarias, su biografía se caracteriza por su vulnerabilidad.
Qué lugar ocupan estas mujeres que citamos y buscamos como compañía, qué indica nuestra fascinación con su vida personal y la construcción de ellas como figuras cuya obra aporta a su mística pero no la define. (¿El autor es la obra?).
¿Queremos creer que podemos ser ellas? Que incluso atravesado el más oscuro, extremo y egoísta impulso, dejamos en nuestro rastro evidencia de luz y belleza. Ofrece consuelo sentirse redimible, que las sombras solo oscurecen pero no borran. Que un desconocido podría colocar su mano sobre nuestras huellas en piedra y sentir calor y confort. Romantizamos nuestra vida porque romantizamos las de otros, y así como ellas nos reflejan queremos que sea mutuo. Somos ellas y ellas nosotras. No significa delirios de grandeza ni pretensión, es realmente pura esperanza. De que esas feroces puntadas, destructivas erupciones volcánicas dejan en su lava tesoros que aún cuando nosotros no distinguimos, alguien va a ver destellar. Tal vez eso es la fe.




Creo imposible la hazaña de ver la magia en uno mismo, quien afirma hacerlo, se miente a si mismo. (Eso pienso yo)
La magia es visible, es casi tangible en los demás. Pero eso es algo bueno, de lo contrario no estaría leyendo esto.