vieja sin vergüenza
merendé pesado, ¿debería cenar? no me queda el tiro bajo porque tengo panza, pero nooo, a vos te queda divino
El trabajo es lento y puedo leer, entonces Didion me propone “la inocencia termina cuando uno es despojado de la ilusión de agradarse a si mismo”.
Cierro un día largo con una comedia mediocre donde Amy Schumer lamenta “cuando somos niñas tenemos toda la confianza en el mundo. No ocultamos nuestro vientre. Bailamos, jugamos, nos acomodamos los calzones. Y luego suceden cosas que nos hacen cuestionarnos”.
Dedico la mañana a limpieza profunda con otra comedia mediocre de fondo, donde una niña pregunta a una actriz la razón de sus “ojos pinchaditos”. Carla Peterson explica “el tiempo es muy cruel, ya lo vas a entender”. “El sistema es cruel”. “Bueno, andá a hacerte la inteligente a otro lado”.
Cuando tenía 8 años quería ser Avril Lavigne. Miraba el video de Girlfriend en repetición, hipnotizada por los colores, la confianza y autoridad, e improvisaba una imitación de su estilo con mis medias de hockey, pollera de uniforme y la remera blanca más próxima. No me preocupaba que las medias compresivas me asfixiaran en pleno verano, ni que la pollera fuera demasiado grande ni la remera demasiado pequeña. No me preocupaban el corte ni las poses ni meter la panza, porque tenía 8 años y vivía en libertad.
La inocencia termina. La seguridad que emulé en ese disfraz no era más que una fantasía, una que mis cantantes favoritas vendían pero tampoco conocían. Esa libertad era necesariamente temporal, a reemplazar por un nuevo sistema de códigos y prioridades firmemente ligado a la conciencia de la mirada ajena. La fantasía infantil no tiene lugar en el funcionamiento diario cuando estamos todos evaluándonos y asegurando el cumplimiento de ciertas normas, estándares que se aprenden a los golpes, que no responden a la lógica mágica que caracterizó nuestros juegos. El juego, para el adulto, es cálculo. Es reglas impuestas y trampas susurradas, no hay magia sino planes. La fecha de caducidad de mi libertad llega a mis 10 años, cuando un profesional que no conozco me declara firmemente que necesito hacer dieta. Por los próximos 15 años, y aún temo el resto de mi vida, no pensaré en más que esa oración.
Esa necesidad no depende de mi autoestima individual, de la aparición de claridad y sanación que me exima ni una revelación personal que sepa extirpar el tumor. Es una ansiedad compartida, colectiva e incesante. Es heredada y es contagiosa, existe como un virus con la única tarea de instalar carpa en cada cuerpo que se cruce, de alimentarse de sus defensas hasta que no quede más que duda. Desde ese día y por el resto de mi vida me toca entender que aunque mi cuerpo fluctúe, mis metas sean alcanzadas y rediseñadas, mi armario cambie y mi carácter se fortalezca, nada cambia el hecho de que la bestia es más fuerte que yo, que su trabajo es mantener en marcha el juego, que las reglas siempre cambian y ganar es inviable.
Me encuentro con mi madre en un bar, con un Gin Tonic y unas papas resumimos la semana. Me atrevo en momento de debilidad a romper una de mis reglas más rotas (la de no verbalizar aquello que no quiero discutir) y anuncio que “tengo que quemar mucha grasa”. La mujer al otro lado de la mesa me lleva 38 años y simboliza mi primer ideal, mi primera aspiración y referencia. No duda en responder “yo también”.
Me enfrento entonces a una verdad cruda e injusta. Que esta necesidad no se termina si dejo el alcohol y las harinas, si mido mis calorías y sumo horas en el gimnasio. Me toca comprender que no hay escape alcanzado con el tiempo y planes, porque en 38 años me voy a sentar en el mismo bar, con el mismo trago y la misma ansiedad.
Susana Gimenez tiene 80 años y todo lo que pueda querer, pero en toda conversación con otra mujer del espectáculo referencia su figura, su peso, su delgadez. Mi abuela tiene 87, y en diciembre coincidimos ambas que queríamos bajar 5 kilos para Navidad. Y es en este sinfin de ejemplos, aquellos que me persiguen y permean todos y cada uno de mis rincones y escapes, que me obligo a reconocer que cualquier intento personal de rechazar las inseguridades será retrucado. El ruido del reloj me advierte que tengo para rato todavía, que puedo disfrutar la ilusión de superación hasta la vuelta de la esquina. Y todavía quedan muchas vueltas.
Lucho cada día contra la urgencia de categorizarme. De interpretarme como arquetipo cuyas razones y porvenires están ya definidos, que mis acciones son predecibles y la autonomía una fantasía. Que todo lo que siento y sentiré ya fue determinado. Es acaso una herencia, una obligación, un destino, una profecía. La lucha por autoestima y justificación de mi presencia se siente tan intensa y profundamente única, pero cuánta arrogancia se necesita para hacerme olvidar que es una lucha común y casi obligatoria. ¿No debería eso ser liberador? ¿No son mis ansiedades “de manual”?
Las soluciones sí lo son, y las encuentro fácil. En paginas de libros de autoayuda, en reflexiones y artículos y análisis, en textos de Tumblr hechas imagenes de Pinterest hechas historias de Instagram. Madrugar, comer proteína, entrenar, tomar agua. Aprender una y otra vez, cual innovadora revelación, que cuidar tu cuerpo te hace sentir mejor. Pero ¿el éxito del cuidado se mide según un solo resultado? ¿Por qué son las Kardashian quienes lo definen? ¿Con qué fuerza puedo yo luchar contra esa realidad decretada? Me gustaría decir que es para eso que entreno.
Proceso mis angustias y mis lágrimas. Las sitúo en un cambio, percibido y señalado, que tal vez cambió mi posición en el tablero pero no me salvó de la ansiedad. Perdí 15 kilos y miles de ojos me lo hicieron saber. Temblé indefensa, más pequeña e igual de vulnerable ante la bestia predispuesta a evaluarme y devorarme, de a poco y con el tiempo. Tiempo que me proponen como grave enemigo. Si mis mejores años son ahora, si mis mejores años ya pasaron, si todo lo que me espera es decadencia absoluta, ¿hacia qué estoy viviendo?
Un amigo me dice que viene pensando mucho en la culpa, a lo que respondo que yo también, en culpa y vergüenza. Eso no lo interpela. Que será porque es hombre, propone, que el hombre es sin vergüenza y atrevido. Es algo “más de las mujeres”. Yo, con mi propia reflexión de éstos sentimientos como hermanos, opuestos, complementos, yin y yang, brújula y castigo, vuelvo a algo de lo que discuto en este ensayo. Si la diferencia radica en el carácter externo e impuesto de la vergüenza, en que se basa en la conciencia de la mirada ajena, resulta evidente por qué es algo tan necesario para una mujer y fácilmente obviable para un hombre.
Vergüenza te da tu cara si no te da tiempo de maquillarte, vergüenza que se noten los rollos cuando te sentás, que te descubran contando calorías o se sepa cuánto querrías comer en realidad. Está todo definido en la noción del género como performance, del ser mujer como trabajo, está explicado por Margaret Atwood y es vivido, aunque no siempre entendido o declarado, por todas.
Nos regulamos mutuamente. Yo intento evitar hablar de comida a veces, porque si comí tres empanadas y digo que es mucho, ¿transmito a la chica que comió cinco que hubo un exceso? Cuando una chica excede su peso ideal por apenas dos kilos y lamenta que “está gorda y se siente horrible”, ¿qué pasa en la cabeza de su amiga? ¿Y si es gorda? ¿Le dice horrible?
Debato mucho los pros y contras de verbalizar las inseguridades. Pienso en el valor de externalizarlas, soltarlas, reconocer lo tontas e inofensivas que suenan en voz alta. Pero mientras estemos todos trabajando sobre una misma red de condicionamiento, evaluación, el mismo juego de la vida, el que solo se gana o se supera en equipo, ¿compartir mis miedos ayuda a ventilar o solo contagia el virus?
No puedo explicar lo que me apena el miedo femenino a envejecer. A tener arrugas que denotan sonrisas, a cargar kilos de comidas compartidas, a demostrar solo con tu presencia que viviste, jugaste, ganaste y compartiste. Los humanos, como seres sociales, solo sobrevivimos formando lazos, cuidándonos unos a los otros. Y al perpetuar éstos miedos se manchan estos lazos, se tiñen e intoxican. Necesitamos que la madre herede a su hija alegrías, talentos, apoyo y habilidades. Que no le enseñe a meter panza, ni le diga “¿vas a comer otro plato?”. Que entienda que, incluso si no lo verbaliza, la madre que explicita odiar su propio cuerpo sigue enseñando exactamente un camino a seguir. El más desgarrador.
Quiero dejar de contagiar. Quiero dejar de evaluarme. Mi tabla de valores está sesgada, mi balanza demacrada de tanto uso. Quiero reír, comer y nutrir. Quiero llegar a vieja y no lamentarme ni un minuto del camino. Las viejas sin vergüenza son más divertidas.


Maravilloso.
Muy interesante 😃. Lo incluimos en el diario 📰 de Substack en español?